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Editorial de noviembre o De La Importancia De Viajar

Ahora que regreso de Argentina valoro de nuevo la importancia de viajar.

 

En tiempo libre quise ver el Mercado de San Telmo. No muy lejano al mi hotel. Si bien yo no recordaba eso. Y pregunté. Coja usted el 33.

 

Les diría. No cojan jamás el autobús 33 en Buenos Aires. O a la inversa, viajen a Buenos Aires tan sólo para agarrar justo esa línea.

 

El 33 viene a ser como el Autobús aquél en el que viajaba a velocidad de vértigo Harry Potter, en lo relativo a sus prestaciones, pero su devenir es mucho más extraordinario.

 

Yo subí a él en Retiro, que es el Centro de la Ciudad. Allí las paradas son casi fastuosas, con pretiles de metal trabajado.

Debí pasar por San Telmo, seguro, porque en el afiche que marca la ruta del 33 el sitio aparece y el conductor, al preguntarle también a él,  asintió.

 

Pero yo no vi San Telmo.

 

Al no saber si me dirigía aquí o allá, cerca o lejos, pasada una media hora observé que los edificios eran ya diferentes, diferentes a los del centro y las paradas, simples marquesinas. San Telmo es un mercado y no me extrañé. Poco faltará, pensé. Y el 33 siguió circulando, conmigo en él, a toda velocidad.

 

Más adelante, los edificios se hicieron casas, luego casuchas y después lo que son, barracas.

 

Las barracas de Avellaneda.

 

Ya me pareció que tal vez San Telmo había quedado atrás cuando observé anuncios de venta de pájaros, caballos bien viejos manejándose por la calle y saraos de todo tipo en descampados a modo de parques.

 

Llevaría pues unos 70’ en el 33 cuando definitivamente, mi viaje a ninguna parte iba, y decidí bajar. Cuando el autobús paró, porque para entonces ya las paradas no eran tales, no, el Colectivo, como allí le llaman, paraba bien a voluntad, bien porque alguien lo pedía o bien, cosa que supe después, porque en lugares ocultos, postes, vallas o tapias, casi siempre en esquinas, algo, un rótulo o una pintada indicaba: 33.

 

Bien, Avellaneda, pues. O sus barracas, más bien. Las gentes, humildes, de las que se conforman con nada, seguramente con el gozo de ver pasar al 33.

 

Quise aprovechar mínimamente el tiempo y entré en una ferretería, necesitaba una clavija. En los dos metros cuadrados que ocupaba el local había una vieja. Y un viejo. Ferreteros a la sazón. Pedí la clavija y me la dieron, si bien yo les observé que tal vez no me serviría. Su precio era de 18$, 90c al cambio, y la mujer, con gran amabilidad me objetó: llévesela, llévesela y pruébela. De no funcionarle vuelva, y me la trae de regreso. (Pero cómo vuelvo yo aquí, señora, pensé yo para mis adentros, eso es sencillamente imposible, más cuando el 33 no es sólo el 33, si no que existen el 33 A, B, C y D y yo no sé el que cogí y de saberlo no recordaría este sitio, que no parada porque de eso no hay, ni en estado de muerte, por lo que desde luego le espeté que por supuesto, que muchas gracias, pagué y salí a la rue).

 

Anochecía, sabía que estaba lejos de todo y a último, la suerte en estas lides me ha acompañado siempre, y si el Colectivo era el de Harry Potter como dije, gozo yo con mesura y con frecuencia del don de la invisibilidad, asimismo como aquel con su correspondiente capa. Y si era, que no lo sé, inseguro el sitio, no lo fue para mí. Y si es bien cierto que aquellas personas con las que me crucé eran distintas a mí no eran sino simplemente eso, distintas.

 

Pero yo quería volver, volver al hotel, volver casi a casa. Y de nuevo pregunté. A otra señora que semejaba aguardar algo. Señora, ¿sabe usted dónde para el 33? Yo lo aguardo, aquí es, me dijo. Caramba, que casualidad. Y gracias al Cielo del que sólo cae agua. Y sólo en ocasiones.

 

Humildad, sencillez y un velo tras los ojos de las personas de las barracas de Avellaneda, donde los perros follan sin recato en la acera, y hay caballos y venden pájaros y si tu clavija no va, podrás llevarla de regreso a la tienda. Y unos tipos arman un asado en medio barril de Brent y a fe mía, huele bien.

 

El 33 llegó. Y me llevó a mi mundo. Pero Avellaneda me ofreció un regalo inesperado. En la inexistente parada del 33 estando, yo observaba. Vi un cartel de anuncio. En el que en el más perfecto catalán, idioma aquest tan bell, dels poetes i d’es meu poble, se leía: PALOMETA DE MAR, ARROÇ MARINER.

 

Caram, llavors vaig comprendre. Tot. Que a cada ciutat hi ha un 33, un centre i una perifèria, malfactors i velletes amables, i diners i misèria i que casa meva és el lloc més bonic de la Terra, i que és ben igual com es digui allí on és plantada si hi puc tornar. Aquí a Barcelona, parany universal, exquisit, on veig que sovint no som capaços de apreciar tot el que tenim, ni donem prou de tant què ens sobra.

 

 

Oh, sí, com és d’important viatjar. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Mechi (lunes, 22 julio 2019 21:47)

    Bella Avellaneda y bello vos!