· 

Editorial de Primavera

EDITORIAL DE PRIMAVERA

(o el riñón)

(hacia 1987)

 

- No, no saben exactamente qué es lo que tiene.

- Bueno, pero más o menos.

- Algo no va bien en sus riñones. Tal vez necesiten trasplantarle uno, no saben. Carmen tampoco sabe mucho más.

- Pues en ese caso dile que yo estoy dispuesto a darle uno mío.

- No digas burradas.

- Bueno, ¿por qué es una burrada? ¿Por qué, mamá?

- Es igual.

 

                                                                                                              ***

 

- ¡Luis! ¡¡LUIS!! – se despierta agitada, ella ya sabe, pero ella grita-.

- Luis, Luis, Luis… - cada vez atenúa más y más el nombre y su respiración, y después solloza, inaudible; no para él-

- -que no quiere volverse, pero lo hará, siempre lo hará-

- Luis no está.

- ¿Por qué?

- Solamente no está.

- Pero, ¿por qué?

- Ha ido de esta manera, no hay un porqué, no está, está muerto. Luis no está porque está en otro sitio. Duerme –la acariciará cada vez de la misma forma, ella no espera otra cosa-

- -y ella sí, se adormecerá, con el miedo de tener miedo, de despertarse otra vez llamando a Luis, el que no está porque está muerto, a Luis, que es hijo suyo, piensa, no, no, no es, era hijo suyo, porque ya no está, porque así ha ido, así se ha ido, es decir que así o de aquella manera es como se fue y por ese motivo Luis no está, ni va a estar más. Y él se ha ido y el miedo se queda y él no volverá y el miedo no la deja ya más, así ha sido y, ese, con ella se queda-.

 

Y en unos días él va a explicar esta parte de la Historia a toda esa gente, cree que debe hacerlo, han de saber, y escucharán el Salmo 121 y verán su foto y verán la del otro hijo, el suyo que sí está, porque él sí está, en un sitio parecido al que frecuentaba Luis, su Escuela, su Universidad y tendrá que explicarles que los chicos han de cursar unas prácticas obligatorias y que eso significa que van a aprender más, porque van a ellos a aprender a aprender y marchan de ellos sabiendo aprender, con suerte, y nada más, y que no hay guion alguno que previese que Luis se cayese por el sitio aquel, Luis el guapo, Luis que un día dio unos pasos primeros, Luis tan simpático, Luis al que todos quieren, Luis al que ella llama en la noche, Luis al que ella llamará en la noche mañana.

No.

 

Y deberá explicarles que eso no es lo más triste, no, lo más triste es que él no siente nada de nada cuando piensa en Luis y eso no debería ser así, que eso sólo es así porque a él no le da miedo que Luis no esté porque nada ocurrirá en su vida que sea diferente, por más que ella grite, por más que él la acaricie, por más que el miedo ya no se vaya de ellos.

 

No.

 

Ha pensado en decirles que pueden reflexionar, cuando le vean a él, junto a su hijo Martín, el que sí está y seguirá estando porque así va, que cuántos de ellos son padres o madres, que qué pensarían si el que no volviese de la Escuela no fuese Luis sino su Martín o su Marta o su James o cualquiera de aquellos que un día no era nada y fue y no hace tanto, 20 años, qué pronto te vas y me dejas sola, Luis, ¿por qué?, que no lo hay, ese porqué, ya lo han dicho antes, y que así es que la cosa va en serio porque la vida va en serio por más que ni él quiera ni quieran ellos ni creo que quiera nadie. ¿Qué pasaría si hubiese sido su Martín? Que estaba en aquella urna con sus 2.435g cuando le vio por vez primera, y después le ha visto otras veces, y ahora le ve poco, pero él está, y basta con eso, o si no basta, ya es eso tanto tanto. ¿Qué pasaría, qué pasaría? Ay, él no sabe. Ni ellos sabrán, ni habrán querido escuchar lo que él va a contarles, ni querrán admitir que tal vez sí es que es en serio vivir, ni mucho menos imaginar justo eso, que qué pasaría.

 

                                                                                                                 ***

 

No hubo trasplante ni nada parecido, claro, ni pasó nada y su amigo, que en realidad nunca fue su amigo, pero era el vecino del sexto, lleva una existencia muy tranquila y últimamente le ha dado por correr mucho. Vaya, mucho es mucho, corre la maratón, eso debe ser mucho correr. Ni loco lo hacía yo.

 

Tiene dos años menos. Y decidió ir a estudiar donde él.

 

Una ocurrencia. Él es mejor médico que su colega corredor, no le duelen prendas si dice esto. Dicho queda.

 

Pero él tenía miedo, un miedo más.

 

O envidia y lo confundo todo. No, no, temía fracasar y que el otro fuese exitoso. Ahora vende que daba un extra más por respeto a su padre, pero me da que no es cierto, no, ja, ja, ja, pero es una buena historia. No hay respeto que valga, el respeto es inventado, no existe.

Y eso es un miedo. Y en aquellos años tenía muchos permanentes, otros de larga duración. Hoy, sólo algunos, esporádicos. Creo que estos de hoy, los esporádicos, tienen un uso, que es recordar, por si acaso, que se puede volver a experimentar el miedo. No me dejes ser ingrato, pensaba hace unos días. No me dejes porque te amo y porque eres maravillosa y en ocasiones los hombres somos ingratos o muy ingratos. Y tú ni lo mereces –nadie lo merece- ni creo que lo tolerases –muchos, o muchas, sí lo hacen-. En ese caso tendría mucho miedo. Este miedo del hombre a la soledad y muchos miedos otros.

 

Y esta es una emoción muy dolorosa, tan absurda en el motivo como se quiera, pero real para el que la experimenta e irreal, en realidad, en todas las ocasiones. Se adelanta a los hechos y estos después sólo suceden, sus consecuencias son, y poco más. Pero nuestra mente puede imaginar todo horror y basarlo en lo más nimio.

 

Tenía miedo de que su no amigo tuviese éxito y de que él fracasase. Por aquel entonces tenía miedo de las chicas y de que su pene fuese de un tamaño ridículo. Eso sí era ridículo. Había un tipo fuerte en su curso y en un baño vio que ambos eran semejantes. O comparables. Y entonces pasó aquel miedo. ¡Ajá! Sí que era sencillo. Para una cuestión que derroca imperios y cambia de manos fortunas.

 

Y aunque yo no sabía, entonces no sabía, había otra componente de esa emoción, que estaba debajo, y esa ha tardado décadas en desaparecer. Observo a mi alrededor a otros que no tendrán esa suerte, que tendrán miedo de vivir siempre, que estarán en tensión constante como si vivir fuese un pulso y no un devenir, y por cada newton de esa su tensión ficticia su desgaste personal ni será pequeño ni será ficticio, será un hecho y será su realidad y ni son felices ni tal vez jamás lo sean y yo lo lamento, porque para mí estaba y después dejó de estar, y no sé cuándo fue, pero el que fue, que era yo, se fue y el que soy es otro y tampoco sé el motivo, ni quiero en verdad saberlo ni nada parecido. Sólo quiero vivir, devenir, ahora.

 

Mis planes, mis sueños, mis respetos, los miedos, todo al final es un invento. Pero quiero ese invento en mí de la forma en que ahora está.

No sé cómo describir aquellas o estas desazones, es incomodidad, percibir peligro, anhelar refugio cerca sin atinar a poder describir refugio alguno aun bien lejano, no está y debería estar. Mamá cuando está siempre está y es un buen refugio, después mamá no está y quiero otro sitio cálido, sin hambre, limpio, o con sábanas limpias, y no atino a visualizarlo, mucho menos a saber dónde se encontrará, y puedo tenerlo junto a mí, en realidad eres tú sola, eres mucho más que mucho o mucho más que suficiente, pero en un determinado momento yo no te veo, no veo nada y lo necesito. Entonces, tengo miedo. Mucho. Tanto que no quiero estar, quiero esfumarme, quiero no experimentar la emoción, no sé quién la ha puesto ahí, ni eso importa, sólo quiero que se vaya o irme yo o nos vamos los dos y volvemos a escena, mudados, porque a la artista principal, si el papel era así, muy apasionado, y como es que el teatro es, o el teatro del mundo es, en un abrazo y en una mirada algo ha ido más allá y la escena acaba con una caricia que no es una caricia, que lo que busca es correr la pintura que hay sobre la ceja de una mujer, y entonces el teatro es de veras teatro pero vivir no es hacer teatro. Tal vez con la cara desaliñada –o no tanto, puede que eso sea muy bello, o radical, y así está bien, parece un refugio, en definitiva-, debe seguir el show. Sin miedo, pues. O entonces. A pasear por las calles con el corrido rímel, pero tú de mi mano. Tú y tu corrido rímel junto a mí. Tú y el rímel desparramado, ensuciad las sábanas de mi cama. Limpiaremos otro día, barrerán el escenario a la mañana siguiente para la función de la noche, un tipo ni listo ni tonto, sólo está ahí, ha venido sin temor alguno en el metro, a su hora, y barre ahora en silencio. Las paredes no le devuelven los ecos de la función. Es una metáfora hermosa, pero es falsa. Ni las piedras del cacho viejo de mi ciudad me transmiten nada cuando mis palmas francas se aprietan contra ellas. Suciedad, acaso. Sosiego, sí. Contento, calma. Inventados por mí.

 

Gracias a que Germán tiene sus dos riñones no debe él esperar en el Juicio Final que le causen daño ninguno, como Sánchez Dragó dice, dado que es indebido donar órganos pues nos son necesarios en vidas posteriores, el Bardo Thodol y todo eso, no debe esperar a que alguien tan superior deba impartir sobrenatural cirugía devolviéndole al menos mitad del riñón que no cambió nunca de cuerpo. Llámesele a eso Justicia de Ese Juicio, que no será otra cosa. Ni será esa, diría yo, soy muy poco crédulo para según qué.

 

Un día se vieron. Se ven poco, no son amigos, ya lo dije.

 

Él tiene un amigo a su vez, este sí debe serlo, que se autodenomina cantautor. Y que de ser eso lo es malo de cojones.

 

Pero me pareció adecuado ofrecerle mi local para actuar. Por suerte, vino antes a actuar en el bolo de otro, y aun así se atrevió a no sabría cómo expresar aquello que hizo con una ¿guitarra?

 

Bueno, aquél y su guitarra andan en mi olvido, aunque ahora lo traigo a estas líneas. Cuando me asocié a aquel local, nada como tener las llaves de un bar, no preví todo lo que viviría en él, ni podía ser previsto. Porque al contrario de los miedos y los respetos y el teatro, en él, lo que ocurría por las noches era, esta sí, una realidad que nos hizo diferentes a los que la vivimos.

 

Diferentes porque fuimos sencillos y honestos, dimos conocimiento a los ignorantes, oídos a los que necesitaban ser escuchados, ánimo a los que carecían del él, una tableta de chocolate siempre presta para los que se quedaban hasta las dos, y un cocktail recién inventado, o una flor, o un ramo de ellas, o un disco, o un beso, o un vuelve mañana, no hemos acabado aún con lo tuyo. Eso era todo. Eso es todo lo que se necesita para que cualquier artista traiga sus mejores versos, interpretaciones musicales o teatrales, canciones, cuentos, libros, danzas, ponga en tus manos unos minutos de su juventud, que es sagrada en grado sumo, debe ser cuidada al máximo, es inviolable, y entre en tu casa. Y no vino el soberbio, el egoísta, el estúpido. Pero tampoco van a ir a muchos lugares más, más adelante, así son las cosas, nadie les tendrá estima. Como aquel, Rafa, que les gustaba tanto a todas, languidece en los mismos bares en los que empezó. O aquel otro, Dani , que curó algunas penas con mis compañeros, qué buena gente son, coño, y lo es Dani, y ahora está en TVE y en otros sitios. O como aquella, Ana, que no canta ni bien ni mal pero ella ya había pisado las tablas del Liceu y claro, cómo iba a ser que viniese allí, y en los allís se ha quedado. Y aquella otra, Mercedes, tan joven cuando la conocí que casi no se atrevía a entrar y mucho menos a preguntar: ¿podría cantar aquí? Y que tanto la quiero y que llegará a lo más alto y yo lo veré. Tampoco las paredes del bar, aunque me harté de decirlo, tenían eco alguno de lo que contra ellas sonó, se apoyo, besó o folló. No. El único valor reside en lo que se hizo, en lo que hicimos, en cómo lo hicimos, en con quién lo hicimos. Hechos. Hechos. Sí.

 

Recuerdo una noche. El Tirachinas, de Jünger, estaba en la barra del bar. Junto al ordenador, no había caja registradora, ¿para qué debía haberla? Cuando llegaba con tiempo al sitio, antes que el primer cliente, en ocasiones aprovechaba para leer. He invitado tan frecuentemente a Lidia a actuar para nosotros como he podido; porque es honesta, un lesbianón honesto y franco. Una persona que se hace querer, que lo agradece todo y que es capaz de decirte “eres un ángel” así, como si no viniese a cuento, pero con toda el alma. Eso hace que cualquiera de sus contertulias inmediatamente pregunte a su vez “¿es porque no tienes sexo?” Bueno, sólo es una obviedad simpática. A esa iba yo a responderle. Por entonces salía con Lucía, Lucía que duró poco o que me usó un poco porque entonces necesitaba un poco, pero que un poco, como son los de su tierra, si piensan en algo es sobre todo en sí mismos, lejos de mi idiosincrasia, muy lejos. El bar no tiene escenario. Eso es una gran cosa, diez centímetros de tarima son un Himalaya entre un artista y su público, una distancia insalvable, imposible, irreverente.

 

Y esta niña, de veinte años, había venido a estar por allí porque sí, porque yo se lo había pedido. Niña que había sido estudiante mía, niña que dice que es choni porque lo son sus amigas y a mí me encanta que diga eso porque es cierto, niña que pasó la noche fregando los vasos, a la que no acaricié ni besé detrás de la oreja, tanto gusta eso, aun cuando tal vez vino para eso porque para eso es para lo que yo quería tenerla aquella noche allí o tal vez sólo vino para experimentar y se fue amanecido el día y yo más tarde, con demasiadas cervezas en el cuerpo y la misma sensación de otras veces, de incompletitud; y qué suerte. No, otros lo hacen, y son malos y están en todas las camas y yo sólo estoy en la mía y en la tuya y así está bien.

 

Y si le pedía a Lidia que cantase su Alfonsina Y El Mar para Lucía ella la canta y si no recuerda toda la letra pues la lee y ya, y es una canción la de la Sosa que no olvidas, y que encima había sido verdad. Y del escenario a la barra porque este bar es así y todo el mundo sabe.

Y no hay pues tarima ni escenario ni nada, todo se hace en cualquier lugar, así nos gusta.

 

Y en la barra ya no están ni Alfonsina ni Lucía, porque ahora esta Jim. Ah, Jim, ese el chico malo, cuánto me gusta esa canción, porque igual sí, igual cuando me quieras me abandonarás, o me dirás si tengo que marcharme, verás, entonces pues, o cualquier cosa semejante.

Esto no es mucho para esta niña, niña campeona de tiro al arco, niña inteligente, niña que está en su momento, ahora es preciosa pero pronto dejará de serlo, en muy pocos años, niña que viste pantalones ajustados, niña que hoy es perfecta.

 

-Conocí a Jünger

-¿Cómo?

-Ah, disculpa, no os he presentado, es mi Profesor de Filosofía en la Uni.

-Un placer

-¿Cuánto te queda, Lidia?

-¡Poco!

-Mmmmm, qué bien, Lligadas ha acabado hace poco, no tiene mucho mérito que yo estudiase en su día, pero que tú lo hayas hecho ahora, al igual que él, tiene mucho más que eso, ¡súper!

-¿De veras conoció a Jünger? Disculpa, conociste.

-Sí, sí, en un año sabático mío en Alemania, en una velada, ya era mayor, pero preclaro en lo suyo, un gran recuerdo.

-Qué cosa tan casual, es bonito conocer a las personalidades, seguro que era un tipo humilde.

-Lo era.

 

Y Jim y la niña y Jünger y el Profesor cuyo nombre olvidé y Lidia y su contertulia y El Tirachinas que como todos los libros ha venido a mí porque los libros vienen a ti y no los eliges tú a ellos y el escenario que no es escenario y los vasos que ese día no fregué pero sí otras veces y tú que no estabas y que ya ahí no estarás y qué casualidad que lo uno y lo otro y que cantase Jim que no la canta nadie pero que a mí me gusta aún más que Alfonsina y Sosa y la luz del día que siempre se me hacía extraño ver entrar en el bar pero que justo allí era tan bonita porque entonces veías que los objetos nuestros, las máscaras, los pistolones, el remo, el catalejo, los Madelman de Miguel, el sextante, el barril, que hace un rato nos hablaban alto y claro a todos: ¡a popa, botarates!, ahora duermen tranquilos.

 

Aquel barco fue mi paz toda, partió y navega, y un pedazo de mi buen corazón partió y navega con él, surcamos juntos el mar que es tan negro por las noches, bajo la pálida claridad de las estrellas en los días en que estas están para nosotros, no tomamos puerto ni avistamos otros navíos, somos sólo un soplo de aire fresco.

Escribir comentario

Comentarios: 0