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EDITORIAL DE ESTÍO

 

 

Me he acercado en silencio y estoy apoyado en el quicio de la puerta. No es un lugar cómodo, pero si me acerco más te distraeré. Lo haré de todas formas porque enseguida me verás o sabrás que estoy ahí, girarás la cabeza y me sonreirás como preguntando: ¿qué?

 

Yo ya habré visto tus manos describiendo dos o tres arcos en el aire para ir a posarse en el teclado. Tus manos bonitas y tu gesto bonito y tu sonido bonito.

 

Días de calor, los apartamentos que tienen un delante y un detrás hay que refrescarlos abriendo y cerrando las persianas. Es tarde ya, si bien falta mucho para el anochecer, pero estás más cómoda tocando así, con luz artificial y un ventilador que airea tus piernas. Tus piernas largas que parecen un lugar más cómodo que este marco de la puerta del salón en el que estoy.

 

No, no quería nada, sólo ver esos arcos, escuchar; y verte a ti.

 

Este es un apartamento grande y yo me voy al otro lado a dar betún a unos zapatos, a dibujar un esbozo de la portada de un disco nuevo, como sea que me salga, a prepararme para salir a hacer deporte.

 

No estarás cuando yo vuelva, y no recordaba esta sensación que se tiene de la compañía de dos, en la que no hay que hacer nada de nada más que estar. Las más de las veces. Después hay hábitos que se crean, acritudes que acaban mezcladas con el polvo que siempre se ve al trasluz en los días de sol, y sueños siempre por soñar.

 

Si tus pies están fríos por las noches los míos están calientes, qué cosa tan tonta, ¿cuántas de estas hay en ti para mí? Si se vive con tan poco.

 

Fuimos a escuchar la misa de Bach. No sé por qué motivo fuimos juntos; tú quisiste. Yo te regalé las entradas porque era tu cumpleaños, y te amaba y no se ama nunca más en pretérito. Tú escuchaste una música y yo otra, igual que si hubiésemos ido a dos lugares diferentes. Ya me habías explicado que eso lo hacías de esa manera. Luego ya lo sabía. Igual hubiese sido si en algún momento, en ocasiones lo observo en otros, de dos en dos, te hubieses recostado en mi hombro. Hubiesen seguido siendo dos misas de Bach en dos lugares distintos, pero escuchadas, qué extraño, por una sola persona.

 

No hace aún un año, volví de nuevo a Nueva York. Donde tú no estás nunca y estás siempre. Esta vez te encontré en un parque de Brooklyn muy pequeño, junto al río, hacía frío, lloviznaba, la Liberty se ve tan lejos desde el Domino Park que hay que fijar muy bien la vista para reconocerla. No vale nada la Liberty, no vayas, o ve si te parece obligado. Yo no te llevaría. Yo te llevaría a Smalls, a Del Friscos, no sé, tal vez preferiría no llevarte más que a casa.

 

Qué bueno lo de la casa. Siempre digo que nada hay mejor en los viajes que volver a casa. Igual que es imperdonable que nadie te espere al aterrizar.

 

Yo no tengo la casa que es mi casa y tú tampoco. Y puede que nunca ocurra. Porque estos retazos de espacio, hábitos que perdí, de los que he ido y venido, debían serlo y no han sido, y tú has venido aquí a tocar este piano que yo recuerdo vívidamente que entró por la ventana que tiene enfrente, y yo era muy muy pequeño y, cuando menos, aquello fue extraordinario. No todos los días ocurre algo así.

 

Cuando vayas a estudiar mañana yo no estaré y ¿sabes? no sé qué pensar. Porque en otro momento me hubiese desvivido por cambiar cualquier cosa por tenerte cerca, pero no, mi hijo vuelve a casa, porque él sí tiene casa, es muy joven, aunque su edad está más cerca de la tuya que la mía, y vive en el mismo lugar al que yo le llevé a los pocos días de nacer. Era un príncipe de pequeño. Es un príncipe ahora, veinte años y once días más tarde, y mañana vuelve, él sí, a su casa, adonde le llevaré de nuevo, aterrizado y en reposo ya el avión.

 

Y por ese motivo no te habré visto a ti, tal vez me hayas esperado, aunque no creo, no, no harás eso, no sabes que, si llegase y estuvieses descansando, porque la cena estará hecha ya, a mí me gustaría apoyar mi cabeza en tus piernas un rato y perderme en la nada.

 

O cualquiera de las cosas que he pensado a menudo que pueden hacerse en las casas de uno, las que lo son de verdad. Detenerse a mirar afuera, o mirar adentro, o si frecuentas a los artistas o los lugares bohemios, traer en ocasiones algún cacharro, vivir a tu modo o algo así.

 

Dar betún a tus sandalias, escuchar lo que tocas, escuchar tus temores con toda mi atención y asegurarte que todo irá bien. Porque será así, no porque vaya a inventármelo yo.

 

Ahora que estoy tan contento porque con la entrada de este agosto el mal que tenía se ha desvanecido por fin. Los males son sólo de uno, puedes darme un estirón, si quieres, pero vive tranquila tu vida, se me pasará. No te vayas, no obstante, no tengo miedo de volar, oh, no, no, en modo alguno, yo quiero volar a tu lado. O no, no es eso. Es que me duele el alma en ocasiones, no hagas mucho caso, no va contigo ni conmigo siquiera, sólo es así.

 

O sal a volar, sal, pero sal ya, que es la hora. Es momento de que vayas manejando destinos más altos, ya te convertiste de veras en una mujer con todas las letras. Vete a algún sitio al que yo no pueda llegar, ni calentar tus pies ni dar betún a tus sandalias.

 

Y no mires atrás. Sobre todo, sobre todo, no mires atrás. Yo zigzagueo por las calles cuando el destino al que me dirijo es conocido, y quién sabe qué he de encontrar delante de mí en ese azar.

 

 

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