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EDITORIAL DE OTOÑO

 

Roto

 

(hacia 1996 o 1997)

 

Desde que el Hombre es Hombre es que se dice que hay un Dios. O un Dios que todo lo ve. O un Dios piadoso, o cualquier Dios, tantos a elegir. Sin embargo, hay un Dios de quita y pon que igual te dan de abrigo en el Bautismo, que te Confirman catequizado, que te arrebatan si desean. Si desean, por lo que ni había abrigo ni podía elegirse ni la catequesis era más que un tranquilizante. Y prefiero el Ribotril. Además, me gusta como sabe al deshacerse en la boca. El catequista se llamaba Lluís, con acento en la í. Recuerdo eso, jamás escribí después incorrectamente Lluís en catalán, pero no recuerdo ni una sola de las arengas de Lluís. No. Sí. Que hay un tipo llamado Hans Küng que de teología sabe un porrón. Pero a Küng lo hubiese igualmente descubierto después, pese a que los jesuitas casi me convencen de que no podía yo entender aquello, los escolapios que nunca iba a ser el ingeniero que yo quería a ser y que erre que erre, no retractado a tiempo, como Lutero, pero en prosa tonta, soy, y que me cuidase mucho de los dominicos, que auguran aún hoy que el advenimiento renovado de la Santa Inquisición hay que darlo casi por hecho.

 

Eso no va a ocurrir. Sí es cierto que, al menos en mi ciudad, los dominicos auspician sectas que tienen avidez patrimonial, lo he visto, lo he escuchado de primera mano,

 

-          Disculpen, resulta que el piso de la moribunda es de alquiler.

-          Aaaaah, bueno, en ese caso nada, nada, no pasa nada.

 

No, no pasa nada, sólo que mi tía la ha palmado. Como otros a su edad provecta. Nada, pero nada nuevo. La misma avidez que agudeza auditiva tenían los dominicos del dieciséis para escuchar, desde muy lejos y sin trompetilla, lo que en los poyos de los mentideros de Madrid se hacía y se deshacía.

 

-          Y Dios guarde a Vuesa Merced muchos años.

 

El último dominico con el que hable yo de tú a tú dice mi tía siempre con retintín “que sabe latín”. Tía, eres imbécil, de no saberlo, con la edad que aparenta, no sería sacerdote, puñeta, sabe latín, pero a mí me dejó con un palmo de narices, porque una sentencia de la Rota es una sentencia de la Rota. Cosa seria.

 

La Rota es Rota porque rota rompe. No porque sea del latín rota, rueda, por alusión al turno en los procedimientos. El tipo de la rota. Ojo, que era sólo un chaval, él, y yo también, puestecito allí en un despacho aviejado de limpio. Aquel tendría asimismo alguna filiación ordenada. Pero yo no sé cuál era. Yo sólo sé que sabía romperte el alma. Que el turno de procedimientos obvio fuese un figurín, yo lo desconocía, que el asunto lo era de pago, también, pero ¿y por qué demonios fui yo a verle a aquel muchacho? O lo que me resulta más extravagante, ¿por qué razón iba a querer él verme a mí?

 

Cuando un hombro se luxa por vez primera la cápsula de la articulación se desgarra, es bueno curarla bien. Fuera de su posición, y como uno no sabe, o en principio uno no sabe, en ocasiones sí hay quién sabe y es cosa fácil ponerse cómodo, pues se acurruca, se avieja también pero no de limpio, más bien lo contrario si la cosa ocurrió jugando como en mi caso al balompié, o a cualquier otra cosa, y eso es cosa mala. Desconozco el mecanismo de los nervios, pero recuerdo el dolor tan agudo, un dolor sinestésico, coloreadísimo, muy anaranjado pienso ahora, son las estrellas, que no están a años luz, que eso es como lo de la luz por una tomiza, que en algunas aldeas no se veía claro por más claridad que la electricidad aportase, y hoy en otras algunos tampoco esto de esas distancias poco claro lo ven también. No, que están donde dice el tebeo, en el hombro luxado o más bien, alrededor de él.

 

Qué hijo de la gran puta. El chaval. Me lo quebró todo. Maldito el fútbol, el cura, el abogado de la parte contraria, tan fino, el psiquiatra visionario, ese sí que sabía, caramba si sabía, no latín, no, ese sabía rúnico, porque me puso falta donde falta había y ello se derivaba de un cuestionario en el que en diez minutos escasos la palabra que más se repetía era masturbación. Que sí, que la pareja no es pareja si no folla, que sé que es así, pero qué tipo tan listo, yo creo que ese la ha palmado ya igual que mi tía, la que vivió siempre de alquiler, y no tengo tiempo de buscarle, pero hombre de pro y de medalla. Y la despechada, y su padre, y su hermano el arquitecto político que ni socialista ni leches, que lo único que sabe hacer es también follar, pero no de forma recta, sólo haciendo eses. Aprovechado, imbécil y subproducto de un Consistorio que se ha acabado, también el de mi ciudad, ya hace mayores. Las aguas, quiero decir.

 

¿Puedo escribir esto? Si mientras lo hago lo odio. Para entonces tenía muchas lágrimas en el zurrón, hoy no tengo ya ninguna, estoy alterándome, pero hay que decir las cosas como son. Me espero en una antesala, se parece pienso ahora a aquella en la que estuve detenido por contrabandista turístico en La Habana, ¡ja!, qué gran historia, le decía yo al policía negro gordote,

 

-          Verá, estoy desolado.

 

Qué ridículo, por favor, qué débil, qué burro. Que le hice firmar a la despechada bajando del Pico del Águila por allí por el Medellín de Venezuela un cheque de viaje, para cambiar en negro, sólo porque no tenía arrestos para hacerlo yo. Qué poca cosa, qué baldío, sucio, bajo y deleznable, toda una panoplia de nos. Y no una bellísima persona como decía mi también despechada suegra, otra imbécil, esta era la del que el Hans Küng para mí como que no, y la madre del arquitecto follador estúpido hasta las trancas. Mal, mal, muy muy mal.

 

Y de la antesala a un despacho, el despacho aviejado de limpio. Y allí el chaval. Y el que entra que era yo, el otro chaval. Pero aquel, el que lleva alzacuellos sólo está allí, y reitero que desconozco el posible interés que aquello podía suscitarle, para partir mi alma en dos. Y eso lo hace con cuatro frases, que son precisas como los dardos del escocés volador, Gary Anderson, plas, plas, plas, 180 puntos, ya te he jodido, ya puedes irte, ya he dejado una mella en ti y no me perdonas, ya lo sé, ¡cómo ibas a hacerlo! ¡No puedes! Pero te olvidarás de mí, no ahora, que en un rato verás las estrellas y después sabrás que fui yo el que las puso alrededor de tu articulación luxada. Porque ya sé que no sabes que solo con estirar el brazo, así como en posición de Cristo en la Cruz, el dolor se pasa. No, eso no vas a saberlo hasta que llegues al ambulatorio, que entonces lo hará el doctor, y después con una silla y un estirón todo en su sitio y a casa. Cansado de cojones.

El Cristo en la Cruz es más que todo eso, es más de lo que se merecía mi tía sectaria, el dominico cabrón que sabe latín, mi tía imbécil y la madre que parió al arquitecto follador y que tiene a Küng, igual que yo ahora, en su biblioteca. Es más, porque es profundo, esto es de los jesuitas también, igualmente sectarios, pero más sonrientes, igualmente no hay perdón. No hay perdón para el que no está en el cauce de lo que había debido ser, no, nadie me perdona, el catedrático que me dio el conocimiento y que apadrinó nuestro matrimonio no me ha perdonado, todos los diablos se lo lleven, ¿qué te he hecho yo, estúpido, que en veinticinco años te he dicho a todo que sí y tú no me perdonas lo que no sabes ni qué es? Ni el por qué, ni el nada de nada, soberbio, ¡burro!

 

Es curioso, pienso ahora, que aquel tipo pudiese dañarme así pero no pudiese, ni él ni ninguno quitarme el mensaje del Cristo en la Cruz. Que ya sé que no pudo ser ni todo ni parte como se escribió ni a saber, pero la Palabra es vasta, tiene poder para algunos, no da ni quita o no me da ni me quita a mí. No. Sólo es una emoción. Yo la he vivido. Aparta de mí ese amargo cáliz, yo he vivido eso. Y dio la vida por nosotros. Por otros. Yo lo he hecho, yo he vivido eso. Y debí beber el caliz amargo y apurarlo y gocé de salvar de la quema a algunos. Como es debido; que en realidad ellos no saben. Ni falta que hace. Lo hice porque así pensé que debía proceder y lo que fue fue, porque yo lo decidí. Qué lejos queda el cheque de viaje y el otro follador que llevaba la vaneta que nos subía y bajaba de los Andes a escape. Se hubiese cepillado a mi recién estrenada esposa, seguro estoy y, a último, qué importaba.

 

Vio la luz, dijo, cuando se accidentó, y por ti regresé, dijo también. Y estoy convencido de que así fue. Que la luz existe, que ella la vio, y que, por mí, que la despecharía al cabo de poco, regresó. A último, regresó, por mí o por su madre imbécil, igual da, regresó, luego tiene la vida, ¡tiene la vida!

 

¿Qué podría decirte a ti?, Cristo en la Cruz, ¿si tuviese la oportunidad de hablarte?

 

Las mentes preclaras conocen el mundo. Sólo algunos saben de verdad. Muy pocos, yo no. Y dado que conocen el mundo, entero, no hay Dios que lo haya hecho ni al que rezar nada de nada. Es un invento acertado. La Palabra. Si te tomo como tal puedo sonreírle al que afirma que sólo doy por darme a mí. E igual es, que sea así, como que sea al contrario. ¿Igual es? Pues no. Te tomo esa Palabra, asimismo inventada, y para mí me la quedo, y así me regalo a mí mismo el dar. Y lo que doy a otros me lo doy a mí. Y bien dado está y es egoísta y es excelente que así sea.

***

-          Escuche, Sr. Wagner, ¿cómo quiere que hagamos eso?

-          Caramba, es sencillo, cojan unas palas y desentiérrenlo.

-          ¡Pero estará maltrecho! Algo así como ¡en los huesos!

-          ¡Por supuesto! Falleció hace 20 años, ¿cómo va a estar? Pero si yo le digo que me lo llevo es que me lo llevo.

-          Oiga, oiga, que estamos en Londres.

-          Como si estamos en París. Mire, el Sr. Weber es alemán, vino a esta ciudad lluviosa y llena de educación a darles su mejor ópera, y tuvo la mala suerte de morir aquí.

-          ¿Mala suerte? ¿Qué quiere decir?

-          En Baviera le hubiese dado bastante más sol.

-          ¡Este cementerio es una maravilla! ¿No se da cuenta?

-          Sí, este moho que lo rodea todo es maravilloso y ustedes los son también, ¿quieren empezar de una vez?

-          Usted es muy impaciente.

-          No lo saben ustedes bien.

-          E impertinente.

-          Lo mismo.

-          ¿Lo mismo qué?

-          ¡Que soy un impertinente de mil diablos!

-          ¿Qué hacemos, Sr. Mills?

-          Háganle caso al caballero, los documentos que aporta están en regla y puede de pleno derecho llevarse los restos mortales, si encuentran ustedes alguno, del Sr. Carl Maria Von Weber a Alemania. A último estamos en 1860. Esto ya no es la Edad Media ni por aquí tenemos demasiados dominicos, eso es más bien cosa de los españoles, y ya les dimos lo suyo en Trafalgar, no hace mucho. Procedan.

-          De acuerdo, Sr. Mills.

-          Ya les dije.

-          El procedimiento es el procedimiento.

-          El procedimiento consiste en que agarren sus palas de una vez y arrimen el hombro.

-          Sí, sí, ya va, ya va.

 

100 años más tarde, mis padres se conocieron. Se conocieron el uno al otro, quiero decir. Antes de entonces no se conocían y después sí, vamos. Esto ocurre en ocasiones. Una persona conoce a otra por casualidad. No por Internet, no, por casualidad. O de forma casual. O así como quien no quiere la cosa. O de aquella manera. Elijan el modismo.

 

Se conocieron sobre la nieve. Que, para aquellos años, tampoco ahora, no era la cosa más casual del momento, era más bien cosa poco usual. Sobre la tumba de Carl Maria Von Weber en Londres no estimo que nevase en exceso. No es Londres una ciudad de nieves. De bienes me da que sí. Muchas veces los de otros. Y sobre la reconvertida tumba del infortunado compositor rehundido en Alemania tal vez nevase más, sí. O no. Igual da. Enseguida bajo tierra uno se siente seguro confortable y a su gusto, a temperatura más o menos constante, fresquito y sin agobios. Ni los comentarios del exterior debe oír, buenos sean, o los peores. Igual, una vez más, da.

 

Se conocieron, se enamoraron, se casaron, y conviven desde hace 53 años en paz.

 

-          ¿Cuántas veces has ido a un Juzgado, papá?

-          No he ido jamás.

-          Caramba –pienso para mis adentros-, qué cosa. Jamás es nunca. ¿Cómo debe ser una vida así?

 

Richard Wagner cierra por última vez sus párpados en Venecia, en febrero de 1883. Domingo, Plácido Domingo, ha hablado de la experiencia de cantar la última obra de Wagner, Parsifal, escenificada, como una experiencia de la que nutrirse. “Deseo quedarme en la escena en los muchos pedazos en los que no intervengo, la obra es un gran canto a lo trascendente, profundamente espiritual, no es un papel religioso, he cantado algunos, algunos se me quedan, ya no podré cantarlos, tal vez me hubiese gustado. En esos momentos estoy emocionado. Yo vivo tres edades durante el devenir de la ópera, juventud, madurez y senectud, adapto mi voz, trato de darle más frescura al principio y más oscuridad después, es bien difícil. Parsifal es Wagner que se acaba, con un arioso para el tenor, que es la parte que yo canto, de una belleza enorme, precediendo al coro que lleva toda la obra a otra dimensión, inmediatamente después. Ahí se acaba la obra y ahí se acaba Richard Wagner, ¿qué otras grandes cosas hubiese aún podido dejarnos?”.

 

Mi madre sabía tocar el piano y mi padre no sabía tocar nada. Ningún instrumento, quiero decir. Musical, ya me entienden. Él esquiaba, escalaba, esas cosas.

 

En lo íntimo, en las caricias que acercan a dos personas al mundo de la magia, ese que no conoce nadie, la Rota ni entra ni sale, ni la Rota, ni la Iglesia, ni los hijos ni los padres, de haberlos, ni el perro si ese es de menester (que por otra cosa esto de las mascotas es como lo de los manteros, de pena y llanto en abundancia), ni a último, nada. Sólo hay emociones, tacto, sonrisas que se ven o no se ven, miradas que también se cruzan sólo algunos momentos, músculos que se tensan y se destensan y el abandono al abrazo inseparable, lugar seguro.

Pero ella quería probar suerte. Hay que probar a tener suerte ya que existe la suerte. Y puede uno tenerla o no. Mi madre eligió a Wagner para que mi padre, el que no tañía ni pulsaba ni golpeaba nada, ningún instrumento, recuerden, musical, viese la ópera por vez primera. Die Fliegende Hollander, un tema que nos es tan común, la historia de los siete años por los siete mares y por las siete eternidades si es que siete hay y de siete en siete, y tiro.

 

Y tuvo suerte.

 

Y también la he tenido yo, pese a la Rota y a mi hombro luxado y a las estrellas que por una vez no estuvieron a años luz de distancia.

Wagner gustó a mi padre y desde entonces son inseparables, él, ella, Wagner y pléyade tal de otros personajes que obvio por obvio el citarlos aquí. Ya los conocen. Y si no, dejen de leer esto. Diría que esas mis últimas lágrimas se las llevaron los de la Compañía de Bayreuth en el Coliseo de mi ciudad, que han visitado dos veces y de Alemania sólo han salido tres, con esa obra. No pude evitarlo. Acabaron El Holandés Errante, fui solo aquella vez, a menudo como mejor se está, y rompí a llorar.

 

Quedan edelwaiss secos entre muchos libros con fotos, recuerdos de viajes que fueron, más fotos de un niño tan tan pequeño por aquel entonces de entonces, y las mismas mellas en algunas de las baldosas de la casa, que recuerdo cuando desde la puerta le decía al cartero: tres. Tres años tengo, señor cartero, ¿ha visto? Sí, anda, ven, que este señor tiene cosas que hacer. Y por los aires. A los tres te llevan por los aires con sencillez y de forma tan natural. Y queda también una jabonera de bronce y libros y discos y esas son nuestras cosas que valen y muy poco más, tan poco que es tan mucho como pocos fueron los copos, ¡pero fueron!, los que caían en Barcelona el día 10 de enero de 1966, mientras mis padres contraían matrimonio bajo el augusto auspicio de la Santa Madre Iglesia Católica.

 

-          Y Dios guarde a Vuesa Merced. Muchos años.

 

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