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EDITORIAL DE INVIERNO

Arribo un xic tard, si havia de ser el preludi d'hivern. No m'havia adonat que un llum de to càlid a qualsevol carrer, darrera cortines, pot ser una proposta de benestar. I el carrer és com tots els carrers, guals, rigola, vorera i voravia. Cantells vius o cantells roms, aigua o pols al pis, roba estesa o finestres de fatxenderia a les alçades. Miro endavant o miro enrere, en dubto. No gaire. Però en dubto. Ara em ve al cap la meva neboda de molt petita que aixeca els braços perquè me la posi a coll. Seria mirar endavant, potser. Ara ella em mira a mi des de més amunt, no és més alta, però com s’alcen les sabates, fa el pes. I potser això seria mirar enrere. Diana en la que jo no confiava. Diana en la que qui sigui, ella mateixa, ha fet una tasca efectiva i que ara ha florit com toca, amb un tall ferm. Això és per la part alta i per la part baixa de la Ciutat, jo visc al mig, la darrera nota d’aquestes suites de Bach per cello que hem trigat un any a gravar, sona i no ha de sonar més. O molt més. O al menys no durant un temps llarg. No hi ha lletra per aquesta música i per tant cap de nosaltres ni de vosaltres hi serà tot i que sí és cert que aquesta música queda o ha quedat i ben bé crec jo que ja hi era. I que no és casualitat que l’autor a una part en digués Eternitat, Ewigkeit, això ho crec jo i segurament altres no. Bach ho escriu però fent-ho dóna cos a un exercici de la seva imaginació, no poca cosa però no tanta cosa si sé, i ho sé, que aquest exercici esdevé fruit de, justament, l’Ewigkeit imprès en cada cèl·lula meva. I teva. I d’ella. No sé si és un sol o un do, aquesta nota darrera, i aquesta qüestió m’és tant igual com diferent em sonarà cada vegada que l’escolti.

***

(hacia 1998 o 1999)

 

-          Eres un cabronazo

-         

-         Sí, tienes camelados a los niños. Eso es lo que tú haces. Cuando te marches de casa, Pablo se irá contigo. Ya te lo has montado bien, ya. Esto es lo que tú estabas planeando.

-         

-          Tú no quieres a tus hijos.

 

No sale de la estancia en la que nos miramos, pensé que lo haría.

 

-         

 

¿Cómo ha dicho? ¿Los niños? Ahora yo no puedo contener más tiempo mis lágrimas; son estas espesas, lágrimas que han tardado en aflorar a mis ojos, gruesas, grises, sucias, no purifican nada, cuando recorren el semblante no se llevan nada consigo, más bien lo manchan, lo impregnan de cicatrices que dejan huella de por vida; esta ocasión sí, lágrimas de gran tristeza que a su paso sólo de eso dejan, feas manchas.

 

És el capvespre, l’hora en què clouen els seus pètals les flors. Deixa’m seure a la teva vora i que els meus llavis facin el què pot ésser fet en silenci i sota la pàl·lida claror de les estrelles.

 

He leído, creo que es acertado, que un poema no es si no se conoce de memoria, y no lo es tampoco si no se expone sin recitarlo. Cuando leí este por vez primera lo hice en catalán, que no es mi lengua materna. Y pienso, desde entonces, que ese idioma es a la poesía lo mismo que el italiano a la ópera, el español a la prosa o el inglés al pop. No resisten comparación. Obvio todo lo que no deviene de las lenguas romances o latinas, no sé nada de eso.

 

Si miras estas mis lágrimas al trasluz, un poco más allá del gris nos verás, a los dos, sentados juntos. No sé dónde estamos, no alcanzo a verlo bien, tampoco es importante, puede acercarse el crepúsculo o normalmente, si aludo a la realidad y me alejo de los versos, este se ha extinguido ya, mis labios son fuego, las estrellas sí brillan, pero no pálidamente, tal vez en la India la bóveda celeste se muestra a los mortales vestida para ellos con un velo de turbación, de inquietud o sólo de espiritualidad, pero aquí yo no puedo hacer lo que, efectivamente, ¡Ah, el poeta! ¡Cuánta razón transformada en belleza esencial!, efectivamente, decía, puede hacerse en silencio.

 

Y ahora el fuego de mis labios ya sólo será para ti, en lo sucesivo, un mohín, si quieres amable, pero indiferente. ¿Por qué has dicho algo así? ¿Verdaderamente lo sientes? ¿Lo crees? Te pregunto, no hay nada que preguntar, pero yo te pregunto, ¿crees que volveré a beber? Estoy segura, me dices.

 

-          No olvides que yo te saqué del arroyo.

 

No quiero escuchar más. Estas palabras no son dignas de un alma que creí buena. Meso los cabellos de uno de mis pequeños en la noche. Duerme tranquilo, nada teme. Al roce de mis manos a lo sumo exhala un leve suspiro con voz queda y dulce o se acomoda modificando ligeramente la postura en la que yace. Es un ángel. Huele maravillosamente. Sus mejillas, lustre. Ahora que estamos físicamente en contacto yo me marcho lejos unos instantes, cortos o largos, dependerá del tiempo que me permitan hoy. Yo no he inventado estos sentimientos; de hecho, yo no he inventado nada. Normalmente nos nutrimos de lo que escuchamos a otros y lo hacemos propio, conscientemente o no. Sólo algunos, muy pocos, saben. Esta maravilla, este amor, no me los has enseñado tú. Contigo he conocido el valor que no tiene el dinero, para lo que no sirve. No me has enseñado a ser un buen padre, yo he aprendido a ser un padre modesto, casi correcto. No me has enseñado a hacer el amor, que aportación tan extraordinaria para cualquier persona; no me has enseñado a hacerle el amor a una mujer. Debo irme, yermo el zurrón, nada se viene conmigo, el resto no existe, quedó atrás. Quedaron atrás el arroyo, el alcohol, los labios de fuego apuntando al techo desnudo e impersonal de nuestra habitación, las lágrimas grises y todas las lágrimas y también se ha quedado atrás lo que fuese que me unió a ti, y que nunca supe ver correspondido.

 

Ella giammai m’amò. Pero ni a mí ni a ninguno. Ella nunca supo amar. Yo no he perdido diez años de mi vida. Yo sólo he ganado en experiencia, en humanidad, en recuerdos, en filiación para con mis hijos; en este pedazo de pasar por la vida. No me queda nada bonito de ti, ¿nos lo dijeron, recuerdas?, qué listos, aquellos dos psicólogos; sólo añoro no lo que hubieses podido ser para mí sino más bien lo que sé que jamás conseguirás ser para ti misma, que es a quien en verdad te debes.

***

En su día me pareció una pesadilla consciente, pero es lo equivocado que suele estar uno siempre de joven, y lo joven que se puede llegar a ser cuando uno, en teoría, ya no es tan joven.

 

14 de enero de 1999, faltan seis meses para que nazca mi primer hijo.

 

Andrei Abramenkov, Rubén Aharonian, Igor Naidin y Valentin Berlinsky. Fallecidos el primero en 2011, y el último, el chelista gordo, en 2008. El Borodin Quartet. En escena, el gordo siempre sonríe, se mueve pesadamente, pero yo creo que bajo esa sonrisa ancha hay un rufián divertido y de buen corazón, una suerte de Porthos de las cuerdas.

 

La conversación es inventada, claro, nunca pudo tener lugar. Dmitri Shostakovich falleció el 9 de agosto de 1975 en Moscú, 113 años después del estreno de Béatrice et Benedict en Baden Baden. Lugar que siempre he asociado a la alta alcurnia y a lo que creo que se ve, no me va a ser dado poder visitar, ni ganas tengo. Me hablaban no ha mucho de Crans Montana y más de lo mismo. O menos de lo mismo, si se quiere. Parece más acertado decirlo de esta forma.

 

No obstante, la primera frase es real. Fue real. Nunca la entendí, pero fue real.

 

Ha acabado la primera parte del concierto.

 

-          O nos vamos o me pongo de parto aquí y ahora mismo.

 

He preferido hacer hablar al fantasma de Dmitri porque yo en su día me quedé sin palabras y estoy convencido de que él gustoso hubiese podido dialogar con mejor suerte de la que yo tuve.

 

-          ¿Cómo dice, señora?

-          Usted me ha oído perfectamente.

-       Sí, la escuchaba, y sé lo que ha dicho. Quería decir más bien, ¿no le ha gustado mi cuarteto? Estos chicos tocan realmente bien, ¿no le parece?

-          Creo que es una tomadura de pelo.

-          ¿Se refiere a esto que estoy diciéndole? Verá, señora, no tengo mucha paciencia, nunca me caractericé por ella; es más, suelen acusarme de malcarado, y de tener un carácter agrio. No sé, la guerra, tal vez, ya sabe, los políticos rusos, Moscú, y sus cosas.

-          ¿Moscú? ¿De qué me habla?

-          Soy ruso.

-          Y yo española, mira el gafotas este que se las da de intelectual.

-          Bueno, disculpe, en realidad sólo quería saludarla, es usted una mujer muy hermosa, y parece refinada.

-          Estoy de muy mal humor.

-          Ya lo veo.

-          Y embarazada. Encinta, ¿sabe?

-       También lo veo, aunque parece que gracias a mi música alumbrará en breve plazo. Es más, si hay que interpretarla a usted al pie de la letra su niño y mi cuarteto serán hermanos de butaca.

-          ¿Cómo sabe que es un niño? No se lo he dicho.

-          Señora, soy un fantasma, sé cosas.

-          Sí, es usted un verdadero fantasma, sí. Dios, estos asientos tan incómodos.

-      Descuide, para parir, le acomodarán seguro un sofá del foyer. Son amplios, y muy confortables. Aunque va a dejarlo perdido. Deberá pagar, estoy convencido, al tapicero.

-          ¿Está usted loco o me toma por una idiota?

-          Pero ha dicho…

-          ¿Y qué importa lo que dije? Sólo quiero que mi acompañante me lleve a casa. Así no mancharé nada ni apareceré en el diario. Pero él está fascinado por este horror. Y dice que su padre también. Eso no es una familia. Es una banda. Y como son sólo tres son los tres bandoleros. Así hubiesen debido llamar a la novela, Los Tres Bandoleros y no Los Tres Mosqueteros de este, este…, nunca me acuerdo.

-          Alejandro Dumas, señora, falleció el pasado siglo.

-          Sí, eso es, Dumas, otro zafio, como usted mismo.

-     Ha agotado mi paciencia, señora, me voy con viento fresco. Así hacemos siempre los fantasmas, supongo que ya lo sabe. Escribí mi cuarteto de cuerda para mi propia felicidad, se lo aseguro y, a lo más, también para la de su acompañante y sus bandoleros padres, pero en ningún caso, o a lo sumo remotísimo este, para obligarla a usted a dar prematuramente a luz.

-          ¡Además es usted un fantasma maleducado! Quiero irme ahora mismo.

-       Tiene razón en eso, señora. Soy un fantasma porque llevo muerto más de veintitrés años y ya le advertí de mi mal carácter. Yo soy un maleducado, sí, pero usted, señora, usted está como un auténtico cencerro.

-          ¡Pero bueno! ¡Imbécil!

-          Dmitri se esfuma sin mediar palabra alguna más-

 

Efectivamente María José está como un cencerro. No más loca que el traspasado Dmitri, o no mucho más o no mucho menos.

 

Locos, algunos egregios.

 

-          No puede usted jugar más al futbol, Dmitri.

-          Maldita sea, usted no lo entiende.

-          Le entiendo, y muy bien, camarada. Su pericia, además, como árbitro colegiado, le avala. Pero no.

-          Insisto.

-      Usted está casi ciego, camarada Shostakovich, por Dios, si sigue jugando al fútbol se hará daño. En las manos, en las piernas, romperá usted sus gafas en cada partido, ¡no ve nada sin ellas! ¿Y el piano, camarada? Es usted un músico eminente. No puede jugarse la vida con el fútbol.

-          (me vengaré)

-          ¿Cómo dice?

-          No, no he dicho nada, no le hablaba usted. Luego, ¿esto es definitivo?

-          Lo es.

-          ¿No puedo seguir en este equipo?

-          No puede.

-          Luego debo irme.

-          No se va, yo le echo de él por su bien.

-          Es lo mismo.

-          Se le parece.

-          Ya, entiendo. Adiós, pues. Escuche, camarada, ¿puedo seguir jugando al ajedrez?

-          ¿Juega usted a “eso”?

-          Lo hago, sí.

-          Haga lo que quiera. Y váyase ya, el entreno debió comenzar hace diez minutos.

-          (…)

 

Dmitri se vengó, sí, compuso La Edad De Oro, que musica un partido de fútbol, precisamente, y un equipo es la música rusa y el otro ni más ni menos que la americana, jazz, tango, swing. Naturalmente, el partido lo gana en la pieza la música americana por goleada y el enfado de las autoridades rusas, una vez traducida la mofa, no fue pequeño. De hecho, Shostakovich se largó un buen tiempo a USA, por esa y otras veleidades. O lo medio exiliaron “bondadosamente”. Pero por no mucho tiempo. Era ruso, amaba Rusia y en Rusia debía estar. Lo sabía él y las befadas autoridades también.

 

-          Este tío va a ver ahora.

 

Por lo que fuese no le agradaba el tipo del bar. Y la combinación de eso y un tablero con una partida dejada a medias sobre una mesa, eran superiores a Dmitri. Que jugaba y muy bien, al ajedrez, ya que al fútbol no había podido ser.

 

-          ¿Una partida, amigo?

-          ¿Qué dice?

-          No me gusta como mira a mi acompañante. Y no uso armas. Soy músico. Pero puedo retarle a acabar esa partida de ajedrez que ve usted ahí, en esa mesa.

-          Pero…

-       Ni pero ni nada. ¿Juega? ¿O qué debo hacer con usted? Me ha puesto usted de un humor terrible, algo debo hacer. ¿O no sabe jugar al ajedrez?

-          Sí, sé cómo se mueven las piezas.

-          Pues acepte el reto.

-          ¿Qué reto?

-         Pues yo le reto, como si fuese un reto a pistola pero sólo es una partida. Yo le humillo en ella, nos volvemos a nuestros sitios, deja usted de mirar a mi señora y tan contentos, ¿Sí? ¿Lo entiende?

-          (…)

-          ¡Vamos, vamos!

-          No insista más, y tranquilícese. Vamos a jugar, de acuerdo. Si eso satisface su herido honor, acepto su reto.

 

Un, dos, tres, cuatro, cinco y seis.

Dmitri mira el tablero. La partida estaba dejada muy al azar, como si en realidad hubiese casi puesto allí un niño las piezas, sin conocer su valor ni sus movimientos. Y la partida dura dos minutos y seis segundos. Y Shostakovich se queda sin rey. Y mira al tipo que no le agrada y otra vez el tablero y a último, no ha entendido nada de lo que ha ocurrido en ese tiempo.

 

-          He perdido.

-          Sí señor.

-          Usted me ha ganado la partida.

-        Sí señor. Y no tengo ni el más mínimo interés en su acompañante, ¡Victoria! ¿Ve? Ahí regresa la mía, debió salir un rato, por ese motivo me vio solo.

-          Es una mujer muy bella.

-          Lo es, sí, señor.

-          Bien, reconozco mi error. Soy un hombre malhumorado y arisco, pero puedo pedir disculpas también. ¿Señor…?

-          Aliojin. Alexander Aliojin. Para servirle a usted.

-          Mis disculpas, camarada Alexander.

-          No son necesarias. En paz.

 

Alexander Aliojin fue campeón del mundo de ajedrez en 1927.

 

Si bien la primera no es real, claro está, pues no hay fantasmas y si los hay no están en mi mundo, sí lo son las dos segundas. Y unas cuantas más. Dmitri Shostakovich vivió toda la panoplia de los sentimientos posible, de las emociones, de su tiempo, con intensidad, si perder ni un solo aspecto de lo que a su alrededor ocurrió, palo a palo, y gota a gota de sudor, hasta conformar una de las personalidades más sobresalientes de la música de todos los tiempos, reconocido universalmente.

 

Del amor.

 

El profesor y compositor polaco Krzystozf Meyer visitó a Shostakovich en su casa de Moscú, donde este vivía, en 1968, año en el que di en nacer yo, junto a su tercera esposa, Irina, 28 años más joven que él. Contrajeron matrimonio en los 55 años de él y convivieron 13 años, hasta el fallecimiento de Dmitri.

 

Meyer dice de aquel encuentro, cito, “Shostakovich irradiaba una grandeza y una bondad extrañas, como una especie de fuerza mágica irresistible”. Ese no es el perfil que los textos, en general, han dejado del maestro ruso. Tímido, irascible, voluble, reservado…

 

¿Pueden jugarse algo a que a la tercera fue la vencida?

 

Ninguna fuerza es más poderosa, ni las interpretaciones sublimes, ni los textos que consiguen hablarnos desde dentro de nosotros mismos, ni el halo en el que se alojan las montañas en el crepúsculo, ni el brillo diamantino de la nieve recién caída, que hiere nuestras pupilas, como el Gran Amor. Está por todas partes, en toda la naturaleza constantemente. Esta es Amor, Gran Amor. Y Gran Muerte, además. Está en todas las personas, encogido, olvidado, o en flor o en fruto que duerme de noche y de día o que ni de día ni de noche duerme.

 

Irina Gran Amor.

Irina de día.

Irina de noche.

Irina sin frutos.

Irina que no llama a nadie en la noche.

Irina que siempre está.

Irina siempre en flor.

***

 

Ara penso que és tot tan clar, són el que jo diria les Damasianes, les llums d’Antonio Damasio que sempre donen la raó perquè són la raó. Com havia llegit i escrit fa uns anys però al contrari, no soc homosexual, no soc alcohòlic, no soc un geni. I sé que és endavant cap a on es mira i no cap enrera. I sé que és endavant amb una solució de continuïtat, es adient ser generós i jo ho soc de mena, i Dmitri havia de dir, seguríssim, de cada dia pel que no sabré si haig de veure la posta de sol: fins al final, deixa’t la pell, empeny i empeny, ja has deixat a Cal Notari instruccions precises, sabran que fer, no ets a cap cançó, i no cal i no ho vols, així doncs fes-ho ara, estima ara, actua ara, compra i ven ara, no hi ha cap demà de cap classe i les mans, ja les tens buides. De netes.

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