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EDITORIAL DE ESTÍO

Bon viatge

 

Iba un tipo, elegante, en un automóvil deportivo que nos parecería hoy, de época. Calzada la gorra, naturalmente. A cuadros. Recuerdo las pilas de un puente que construyeron en Portugal pintadas a cuadros blancos y negros, una belleza. Dignas de las cintas de Disney en las que hay, en botes, pintura de esa guisa, a cuadros. Si bien. Los cuadros del tipo del automóvil iban a ser blancos y negros o rojos y verdes. Dependía. Opiniones contrapuestas. La de uno y la de otro que no se conocían, vivían en países distintos, pero que de trabajar con un pincelito aquella gorra habían hecho un arte suyo y anónimo, o casi, y una adicción o casi.

 

Sencilla, económica, inacabable, social y emocionante. Suficiente como para ser feliz.

 

Mucho más allá de los coches, y sus ocupantes, sus gorras, el aerógrafo y los esmaltes, estaban los libros, el cine, todas las artes, en suma. No dominaba ninguna, pero las abarcó y las apreció, según yo vi, todas.

 

Y mucho más allá de todo lo objetivo andaba su don. Que interesaba a su interlocutor el hecho de sentirse importante siempre, cuando el verdaderamente importante, por insustituible, y único, y necesario para todos, había sido él.

 

Ni un reproche, ni una falta en el momento de ser solicitado, nada. Como lo que es imposible, pero en verdad, es.

 

Y, asimismo, también todo aquello que basta para ser infeliz o más bien, algo mucho peor que eso. No había una mujer, ni dinero, ni un hogar propio, ni podía viajar mucho, no hubo un hijo. Pero eso no era esencial, a mí me falta a veces y me ahogo, lo reconozco, pero él no, no lo hacía y si ocurría no lo transmitía, sumidero de lo negativo, rosa de Wilde, de la que el ruiseñor había encontrado la espina porque había sabido ver todo el esplendor de la flor. Y de igual manera que en el cuento, todo lo dio, a cambio de nada.

 

Y ahora está condenado a navegar en el mar del más allá, en su buque que lo era de algunos más y donde no se cuestionó jamás su fidelidad a la capitanía, no creo que conociese la conspiración y se definía como asambleario. Un error importante, pero a último, su decisión vital.

 

Yo creo firmemente que, en marzo de 2024, El Contramaestre arribará a nuestras costas por un día, le doy la vez a Wagner porque quiero verlo, querría verle. Querría también que encontrase a su Senta y que volviese a nosotros. Y en verdad he de decir que ¿por qué no? Tal vez eso ocurra. La realidad supera amplísimamente la ficción, es conocido.

 

El ruiseñor de Wilde hace lo más absurdo, como él, o más bien debe ser que yo no tengo esa humanidad profunda y desbordante, y lo mismo me da porque yo no puedo cambiarme por mí mismo ya de nuevo. O bien, el ruiseñor de Wilde es una cortesía vívida, que leyéndole estimo que el propio Wilde daba por eso, por ficción. Pero, existía, el amor para con las personas hasta el punto de dar la propia vida existe, se lo lleva una pandemia, pero no, no, él lo hubiese hecho, estoy convencido, le hubiese dado la razón a un Oscar Wilde que mejor se fue antes que Mini, algo me dice que no lo hubiese tampoco entendido y aún más, le hubiese resultado muy incómodo.

 

 

Y allá que estuvieron todos los que pasaron por su vida llena, qué gran suerte, de sí mismo. La repartió a diestro y siniestro, no hubo lugar, como decía en aquel apunte a vuelapluma tras la barra del bar, en el que no, ni hubo nadie a quien tampoco. Aquí nos quedamos la mayoría y a vos, buen viaje y buen viento, Contramaestre. Y hasta pronto.

 

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